Tierra de Crecimiento Psicología
Lo sabes perfectamente. Sabes que hay que hacerlo, sabes que cuanto más se retrasa peor va a ser, y aun así abres el móvil, ordenas el escritorio, te pones a hacer cualquier otra cosa antes que enfrentarte a eso que tienes pendiente. Y cuando por fin lo afrontas, casi siempre es en el último momento, con la presión del plazo respirándote en la nuca. La procrastinación no es pereza. Quien procrastina sí quiere hacer la tarea: lo que no puede gestionar es el malestar que esa tarea le genera antes de empezarla.
Cuando una persona procrastina sí existe la intencionalidad de realizar la tarea, pero intervienen diversos factores para que esto no ocurra. Cuando alguien no lleva a cabo una actividad por pereza, en cambio, no existe ninguna disposición para hacerla. Esa diferencia es clave: la persona procrastinadora sufre por no hacer lo que tiene que hacer. La persona perezosa, simplemente, no quiere hacerlo. Y ese sufrimiento añadido es precisamente lo que convierte la procrastinación en un problema que merece atención.
Procrastinar implica el retraso voluntario en la realización de una tarea o actividad planeada, a pesar de ser consciente de que este retraso puede conllevar consecuencias negativas. Se caracteriza por una brecha entre la intención y la acción, donde la persona es consciente de lo que debe hacer pero pospone la acción sin una justificación racional. Se convierte en un problema cuando, de forma deliberada y permanente, se evitan tareas importantes y se buscan distracciones y excusas para no hacerlas.
La causa de por qué procrastinamos se encuentra en la sensación negativa que experimentamos cuando nos enfrentamos a una tarea determinada. El origen está en la dificultad para gestionar la ansiedad, el aburrimiento, la frustración o el miedo que dispara esa tarea. La procrastinación suele seguir un ciclo muy concreto: ante una tarea que genera ansiedad, la evitamos para aliviar momentáneamente el malestar. Ese alivio inmediato refuerza la conducta de posponer. Sin embargo, poco después aparece la culpa, la preocupación y el aumento de la presión, lo que hace que la tarea resulte todavía más amenazante la próxima vez. Así se cierra un círculo que se repite y que va afectando, vuelta tras vuelta, a la autoestima y a la sensación de eficacia personal.
Desde la terapia focalizada en la emoción entendemos que la procrastinación rara vez es un problema de gestión del tiempo. Es la forma en que el sistema emocional evita un malestar que no sabe gestionar de otra manera. No es sinónimo de pereza: muchas personas que procrastinan son responsables, exigentes y con altos niveles de autoexigencia. El problema no es la falta de capacidad, sino la dificultad para tolerar la incomodidad emocional que aparece al iniciar la actividad.
Las emociones que con más frecuencia disparan la procrastinación son el miedo al fracaso, el miedo a no hacerlo lo suficientemente bien, el miedo a ser juzgado, o el aburrimiento ante tareas que no conectan con nada que importe. El miedo a no cumplir con las expectativas propias o ajenas puede llevar a postergar las tareas para evitar enfrentarse a posibles consecuencias negativas. El perfeccionismo es uno de los terrenos más fértiles para la procrastinación: es probable que asuste la idea de no estar a la altura de la tarea, por lo que se termina postergándola hasta sentirse completamente preparado o encontrar el momento ideal, un momento que, casi siempre, no llega.
Postergación habitual de tareas importantes a favor de otras más irrelevantes o gratificantes, con plena conciencia de que se debería estar haciendo otra cosa.
Dificultad para empezar incluso lo que en el fondo se quiere hacer. El primer paso es siempre el más costoso.
Búsqueda activa de distracciones y excusas que justifiquen no afrontar la tarea todavía: ordenar, mirar el móvil, hacer recados, esperar «el momento adecuado».
Trabajo bajo presión de último momento, con la fecha límite respirando encima, que genera una activación intensa y un rendimiento de peor calidad que el que se podría haber tenido con más margen.
Culpa y autocrítica después de cada episodio, que erosiona la autoestima y que paradójicamente hace más probable que se repita la próxima vez.
En Tierra de Crecimiento Psicología trabajamos la procrastinación desde las emociones que disparan la evitación, no desde técnicas de planificación o gestión del tiempo. Esto significa que no te vamos a dar una agenda ni un método de organización, porque si el problema es emocional, esas herramientas funcionan unos días y luego se abandonan, como ya habrás comprobado.
Lo que hacemos es acompañarte a entender qué emoción concreta dispara la evitación en cada tarea que postergas: si es miedo al fracaso, miedo al juicio, perfeccionismo, aburrimiento o falta de sentido, y a desarrollar la capacidad de tolerar esa incomodidad inicial sin necesitar escapar de ella. Trabajamos también la autoexigencia y la relación con el error, que en la mayoría de los procrastinadores está mucho más presente de lo que parece a simple vista.
El objetivo no es convertirte en una persona hiperproductiva. Es que el miedo o la incomodidad dejen de decidir por ti qué haces y cuándo lo haces.
En los casos en que la procrastinación forma parte de un cuadro de ansiedad, depresión o TDAH, el proceso terapéutico puede complementarse con una valoración médica que contemple el apoyo con psicofármacos, siempre como herramienta adicional al trabajo emocional.
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