Tierra de Crecimiento Psicología

Por qué hay cosas que te afectan más de lo que crees que deberían

Alguien contaba hace poco en un foro de psicología que se había echado a llorar porque su perra tardó diez minutos en aparecer mientras jugaban en el jardín. Ella misma lo describía así: «Me di cuenta de que estaba llorando y pensé: ¿pero qué me pasa? Es una tontería.» Lo que no sabía en ese momento es que llevaba semanas tragándose una discusión con su mejor amiga, una carga que no había encontrado por dónde salir. La perra fue solo la última gota.

Otra persona, en un hilo de Reddit, explicaba que había entrado en espiral durante días porque su pareja tardó tres horas en responder un mensaje. Sabía que tenía el teléfono sin batería. Lo sabía. Y aun así, el cuerpo no le creía.

Y hay una frase que aparece constantemente en consulta, en foros, en comentarios de redes sociales: «No sé por qué me afecta tanto si en el fondo es una tontería.»

La emoción que ves no siempre es la emoción que hay

Desde la Terapia Focalizada en la Emoción, una de las primeras cosas que exploramos con las personas que vienen a consulta es esta distinción: hay emociones que se ven, y hay emociones que están debajo de las que se ven. Las primeras son las que conoces bien. La rabia que te sube cuando alguien te interrumpe. La angustia que aparece cuando algo no sale como esperabas. El nudo en el estómago antes de tener una conversación difícil. Son ruidosas, visibles, a veces incómodas.

Las segundas son más silenciosas, y más antiguas.

Una persona puede ponerse furiosa porque su compañero de trabajo recibió un reconocimiento que ella no recibió. Si te quedas en la superficie, es envidia. Pero si bajas un poco más, puede que lo que haya debajo sea algo mucho más vulnerable: la sensación de que nadie la ve, de que su esfuerzo nunca es suficiente, de que eso que tanto necesita reconocer alguien nunca llega. La rabia era la puerta. Lo que había detrás era la herida real. Esto es lo que en TFE llamamos emociones secundarias y emociones primarias. Las secundarias son las que salen primero, las que funcionan como escudo. Las primarias son las que están debajo, las que duelen de verdad.

Cuando el presente activa algo del pasado

Una persona que compartía su experiencia en un foro de psicología online lo describía de una forma que vale la pena citar casi textualmente: «Me angustio muchísimo cuando alguien no me responde. Sé que es irracional. Pero algo en mí se convence de que significa que he hecho algo mal.» Eso no es irracionalidad, es un aprendizaje.

En algún momento de la vida de esa persona, el silencio de alguien importante significó exactamente eso: que había fallado en algo, que algo estaba roto, que el vínculo estaba en peligro. Y ese aprendizaje quedó grabado. Ahora, cada vez que hay silencio, el sistema emocional lo interpreta con el mismo código, aunque el contexto sea completamente distinto. Ahora aparece con su pareja que tiene el móvil sin batería. Es como si una parte de ti tuviera una biblioteca muy antigua llena de experiencias pasadas, y cada situación nueva la busca ahí para ver a qué se parece. Cuando encuentra algo que encaja, aunque sea vagamente, activa la respuesta que aprendió entonces. El resultado es que reaccionas al presente con la intensidad del pasado, y desde fuera, o desde tu propia cabeza, eso parece desproporcionado.

Pero no lo es. Es perfectamente coherente con lo que llevas dentro.

Tres situaciones que quizás reconoces

Porque esto no es algo raro ni excepcional. Es, de hecho, una de las cosas más comunes que aparecen en terapia. Aquí van tres situaciones que mucha gente ha descrito en foros, redes y consulta:

La crítica que duele más de lo normal. Alguien en el trabajo hace un comentario sobre cómo has hecho algo, una cosa pequeña, sin mala intención. Y tú te pasas el resto del día dándole vueltas, cuestionando tu trabajo, preguntándote si en realidad no vales tanto como creías. La crítica fue pequeña, pero el daño que hizo no lo era, probablemente porque activó algo anterior: una voz que ya conoces, que lleva mucho más tiempo diciéndote que no eres suficiente.

El enfado que no encaja con lo que pasó. Una persona describía en un foro que una olla que no entraba en el armario casi le provoca una crisis. «Me dieron ganas de tirar todo y marcharme,» escribía. No era la olla, era todo lo que llevaba cargando encima y que no había podido soltar. La olla fue el detonante, no la causa.

El llanto que aparece cuando menos lo esperas. Ves un video en TikTok de un perro que reencuentra a su dueño después de años. Llevas cinco minutos mirando al techo con los ojos húmedos y no entiendes muy bien por qué. La explicación más simple es que ese video tocó algo que tú también tienes sin resolver, algo que está esperando espacio para salir. Lloramos por desconocidos cuando lo que en realidad necesitamos es llorar por algo nuestro que todavía no hemos encontrado cómo soltar.

Por qué juzgarte por esto lo complica todo

Hay algo que hace la cosa bastante más difícil, y es la segunda capa que solemos añadir por encima: el juicio sobre la emoción. No solo te afecta algo, también te juzgas por haberte afectado.

«Soy demasiado sensible.» «Tendría que haberlo superado ya.» «Qué exagerado, si no era para tanto.»

Esa voz crítica no ayuda a procesar lo que sientes más bien lo bloquea. Cuando te dices a ti mismo que lo que sientes es una tontería, lo que estás haciendo es cerrarle la puerta a la emoción que lleva esperando ser vista. Y lo que no se procesa no desaparece: se queda en algún lugar del cuerpo, esperando la siguiente olla, el siguiente silencio, el siguiente video de un perro.

Desde la TFE, el trabajo no es convencerte de que no debería afectarte. Es acompañarte a entender qué es lo que, en realidad, está pidiendo atención.

Lo que cambia cuando le das nombre a lo que hay debajo

Cuando alguien aprende a parar un momento antes de juzgarse, y se pregunta ¿qué hay debajo de esto que siento?, algo empieza a cambiar.

No siempre hay una respuesta inmediata: a veces lo que aparece primero es confusión, o una sensación en el pecho que no tiene palabras todavía. Pero con el tiempo, y con el acompañamiento adecuado, lo que suele emerger es algo muy coherente: una necesidad que no ha sido cubierta, una herida que no ha sido nombrada, una parte de ti que lleva mucho tiempo esperando que alguien, incluido tú mismo, la veas.

No eres demasiado sensible, no estás exagerando.

Estás respondiendo a algo real, y merece ser escuchado.

Si esto que describes te resulta familiar y sientes que hay algo dentro que lleva tiempo pidiendo espacio, en Tierra de Crecimiento trabajamos exactamente esto: no la gestión de los síntomas, sino lo que hay debajo de ellos. Puedes escribirnos sin compromiso, ya sea para atención presencial en Madrid o en formato online.


Escrito por Borja Alonso Arroyo, Psicólogo General Sanitario Colegiado M-34006. Co-director de Tierra de Crecimiento Psicología. Especialista en Terapia Focalizada en la Emoción.

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