Tierra de Crecimiento Psicología
El niño que dice que es un desastre cuando se equivoca. El adolescente que nunca está contento con cómo es, que se compara constantemente con los demás y siempre sale perdiendo, que evita intentar cosas por miedo a quedar en ridículo. El que no levanta la mano en clase aunque sepa la respuesta. El que necesita que le confirmen una y otra vez que lo está haciendo bien. La baja autoestima en niños y adolescentes no siempre es obvia desde fuera. Pero cuando está, afecta a todo: al rendimiento, a las relaciones, al estado de ánimo y a la forma en que esa persona va a relacionarse consigo misma durante mucho tiempo.
La seguridad en uno mismo es clave para desarrollarse y crecer como persona. En el caso de los niños y adolescentes, es fundamental dotarles de las mejores herramientas para que se relacionen eficazmente consigo mismos y con su entorno. Y cuanto antes se trabaja, más fácil es el camino. La autoestima no es un rasgo fijo: se construye, y puede reconstruirse.
La autoestima no nace con el niño. Se construye a partir de las experiencias que va teniendo y de los mensajes que recibe de las personas más importantes de su entorno. Cómo le tratan sus padres, qué le dicen cuando se equivoca, si se le valora incondicionalmente o solo cuando rinde bien, si en el colegio se siente visto y respetado, si sus emociones tienen espacio o se minimizan. Todo eso va construyendo la imagen que el niño tiene de sí mismo.
Cuando esa imagen se construye sobre mensajes de insuficiencia, de comparación desfavorable, de exigencia que nunca se satisface, o de experiencias de rechazo o exclusión, el niño aprende muy temprano que algo en él no está bien. Esa creencia, instalada en etapas tan tempranas, puede ser muy resistente porque se siente como una verdad, no como una opinión.
Las expectativas demasiado elevadas de los padres pueden hacer que el niño sienta que no es lo suficientemente bueno, ya que por más que se esfuerce nunca logrará satisfacer sus estándares. Las dificultades en el aprendizaje provocan una baja autoestima, sobre todo si el niño es ridiculizado por sus resultados. Y el acoso escolar, la violencia física familiar o el abuso emocional son problemas que afectan profundamente a la imagen que el niño tiene de sí mismo.
La adolescencia es el momento vital en que la autoestima está más expuesta y más en construcción. El adolescente está buscando quién es, qué quiere, dónde encaja. La opinión del grupo se vuelve enormemente importante. Las redes sociales ofrecen un escaparate de comparación constante. El cuerpo cambia de formas que no siempre se aceptan. Y todo eso ocurre mientras el cerebro todavía está desarrollando las áreas de regulación emocional y de pensamiento reflexivo.
En la adolescencia, la baja autoestima es sinónimo de indefensión. Afrontar una vida adolescente desde la perspectiva de «no soy suficientemente bueno» es uno de los mayores retos a los que se puede enfrentar el ser humano. Y sin embargo es precisamente en esta etapa cuando más cuesta pedir ayuda, porque pedir ayuda puede sentirse como una confirmación de que algo está mal.
En niños: miedo a equivocarse o a intentar cosas nuevas, necesidad constante de aprobación, autocrítica desproporcionada ante los errores, dificultad para defender su punto de vista, tendencia a rendirse fácilmente, o al contrario conductas de llamada de atención que buscan validación.
En adolescentes: comparación constante con los demás, hipersensibilidad a la crítica, evitación de situaciones donde puedan quedar en evidencia, perfeccionismo paralizante, dependencia de la opinión de los iguales para sentirse bien, aislamiento, o búsqueda de validación a través de las redes sociales con un efecto generalmente contrario al deseado.
En ambos: un diálogo interno muy crítico que se expresa en frases como «soy un desastre», «no se me da nada bien», «nadie me quiere», y una dificultad para reconocer y celebrar los propios logros.
Los padres quieren ayudar, y a veces sin darse cuenta hacen cosas que refuerzan el problema. Comparar con hermanos o compañeros, aunque sea para motivar, genera el efecto contrario. Sobreproteger impide que el niño desarrolle la confianza que solo se construye superando pequeños retos. Y minimizar lo que siente con frases como «no es para tanto» o «eso no importa» enseña al niño que sus emociones no tienen valor.
Lo que sí ayuda es estar disponible emocionalmente, validar lo que sienten aunque no sea lo que esperábamos, celebrar el esfuerzo por encima del resultado, y crear espacios donde el error sea parte del aprendizaje y no una catástrofe. Muchas veces los padres no saben cómo generar ese clima de comunicación con su hijo, o no conocen cómo actuar. En esas ocasiones, acudir a un psicólogo especialista puede ayudar tanto al niño como a orientar a los padres.
En Tierra de Crecimiento Psicología trabajamos la autoestima en niños y adolescentes desde las experiencias emocionales que han construido la imagen que tienen de sí mismos, con un enfoque completamente adaptado a la edad y al momento vital de cada uno.
Con el niño, trabajamos para que pueda identificar y cuestionar los mensajes negativos que ha interiorizado sobre sí mismo, desarrollar una relación más compasiva con sus errores y limitaciones, y construir una base de confianza interna que no dependa solo de la aprobación externa.
Con el adolescente, el proceso requiere un espacio donde pueda ser escuchado sin juicio, donde sus emociones tengan valor y donde pueda explorar quién es más allá de lo que los demás esperan de él. La alianza terapéutica con el adolescente es especialmente importante: no funciona si el joven siente que la terapia es una imposición o una evaluación más.
Trabajamos también con la familia, porque el entorno es una parte fundamental tanto del problema como de la solución. Los padres necesitan herramientas para acompañar a su hijo de forma que refuerce su autoestima en lugar de erosionarla sin querer.
En los casos en que la baja autoestima convive con ansiedad, depresión u otras dificultades emocionales de mayor intensidad, el proceso terapéutico puede complementarse con una valoración médica que contemple el apoyo con psicofármacos, siempre como herramienta adicional al trabajo emocional.
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