Tierra de Crecimiento Psicología
Hay una frase que escuchamos con mucha frecuencia, tanto en consulta como en foros de internet donde la gente comparte lo que le cuesta poner en palabras en su día a día: «Tengo ansiedad, pero no entiendo de dónde viene. Mi vida va bien.»
Alguien lo escribía hace poco en un foro de psicología online: llevaba meses con palpitaciones, tensión en el cuello y una sensación constante de que algo malo estaba a punto de pasar, sin saber exactamente qué. Trabajo estable, relaciones en orden, sin grandes dramas visibles. Y sin embargo, esa activación que no se iba. Es una de las experiencias más desconcertantes que existe: sentirte mal sin tener «motivos suficientes» para estarlo. Paradójicamente, esa confusión acaba añadiendo una segunda capa de malestar sobre la primera, a la ansiedad se le suma la culpa de tenerla. Pero hay algo sobre la ansiedad que pocas veces se explica bien, que cuando lo entiendes, cambia bastante la forma en que puedes vivir con ella.
Imagina que en tu casa tienes una alarma de humo muy sensible. Tan sensible que salta tanto si hay un incendio real como si simplemente has puesto el pan demasiado tiempo en la tostadora. El sonido es el mismo en ambos casos. El volumen, igual. La urgencia que sientes al escucharla, también.
La ansiedad funciona de una forma bastante parecida a eso.
La ansiedad existe porque durante miles de años fue lo que nos mantuvo vivos. El cerebro detecta una amenaza, el cuerpo entra en modo emergencia, y todo se prepara para actuar. Corazón acelerado, músculos en tensión, atención al máximo. El sistema funciona exactamente como se diseñó.
El problema no es la alarma, el problema es que no distingue entre un oso y un email sin responder.
Ante un peligro físico real o ante la posibilidad de que alguien te rechace, de que hayas metido la pata, de que algo que llevas tiempo evitando sentir se vuelva demasiado grande para seguir ignorándolo… la respuesta del cuerpo es la misma. La alarma suena igual en los dos casos.
Desde la Terapia Focalizada en la Emoción, entendemos la ansiedad no como un error del sistema, sino como una señal. Una señal que, aunque incómoda, está intentando orientarte hacia algo. Dentro de nuestra psique existen distintas partes. Una de ellas, que en terapia llamamos el yo preocupador, se activa constantemente con mensajes del tipo: «¿Y si esto sale mal?», «¿Y si le he hecho algo y por eso está callado?», «Prepárate, porque el daño puede venir en cualquier momento.» Esta parte no aparece para hacerte la vida imposible. Aparece porque en algún momento aprendiste que estar en alerta era la forma más segura de protegerte. Que si anticipabas el peligro, podías estar preparado. Que si no bajabas la guardia, no te pillaría desprevenido.
La cuestión es que lo que en otro momento de tu vida fue una estrategia de supervivencia muy inteligente, con el tiempo puede convertirse en un patrón que se activa incluso cuando ya no hay ningún incendio. La alarma sigue sonando aunque la tostada lleve horas fría.
Cuando alguien tiene ansiedad, lo primero que recibe del entorno, y a veces también de sí mismo, es una instrucción: tranquilízate, no le des más vueltas, respira, no pienses en eso.
No es que esos consejos sean malos, el problema es que tratan el síntoma sin preguntarse qué hay detrás de él. Es como bajar el volumen de la alarma de humo sin ir a la cocina a ver qué está pasando.
En muchos casos, la ansiedad sostenida en el tiempo tiene debajo una emoción que no ha encontrado espacio para ser procesada. Alguien compartía en un foro hace no mucho que llevaba años sin entender por qué se ponía tan nervioso cuando su jefa no le respondía los emails con rapidez. Al explorarlo en terapia, lo que apareció no fue la ansiedad por el trabajo, sino algo más antiguo: la sensación de que cuando alguien guardaba silencio, significaba que algo había hecho mal. Una lectura aprendida en la infancia que su sistema emocional seguía aplicando, de forma automática, en el presente.
La ansiedad era la señal. Lo que había debajo era la historia real.
Gestionar la ansiedad y entenderla no son lo mismo. Aunque muchas veces los confundimos, o directamente solo conocemos el primero. Gestionar implica regular la activación, reducir los síntomas, aprender a respirar de otra manera cuando el cuerpo se dispara. Todo eso tiene valor y tiene su lugar. Entender implica algo más: ir a ver qué hay detrás de esa alarma. Qué necesidad emocional está sin cubrir, qué situación sin resolver lleva tiempo esperando ser mirada. Qué parte de ti está pidiendo algo que todavía no ha podido pedir de otra forma.
Cuando alguien aprende a hacer esto, algo interesante ocurre: la ansiedad no desaparece de golpe, pero cambia su relación con ella. Deja de ser el enemigo que hay que derrotar y empieza a convertirse en información. Una señal que, si se escucha con la atención adecuada, puede decirte bastante sobre lo que necesitas.
Si te has reconocido en algo de lo que has leído, si hay una parte de ti que siente que la ansiedad que tienes no encaja del todo con la narrativa de «no tengo motivos para estar así», quizás valga la pena explorar qué hay debajo de esa alarma.
No para que desaparezca. Sino para entender qué está intentando contarte.
En Tierra de Crecimiento trabajamos desde un enfoque que no busca silenciar lo que sientes, sino acompañarte a entender de dónde viene y qué función ha tenido en tu vida. Si tienes curiosidad sobre cómo podría ser ese proceso, puedes escribirnos sin compromiso.
Escrito por Borja Alonso Arroyo, Psicólogo General Sanitario Colegiado M-34006. Co-director de Tierra de Crecimiento Psicología. Especialista en Terapia Focalizada en la Emoción.
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