Tierra de Crecimiento Psicología
Un despido. Una separación. Una mudanza forzosa. Un diagnóstico inesperado. Un embarazo que no estaba en los planes. La jubilación. Una pérdida. Hay acontecimientos que sacuden la vida de tal forma que, durante un tiempo, no se sabe muy bien cómo seguir adelante. No es que algo esté mal en ti. Es que algo importante ha cambiado, y el sistema necesita tiempo y recursos para reorganizarse.
Una crisis personal o vital no es un trastorno en sí, pero si sentimos que tenemos dificultades para afrontarla es recomendable pedir ayuda. Atravesar por una crisis personal o vital es parte del curso natural de la vida, pero cuando no logramos superarla puede dar pie a un trastorno de adaptación. Los trastornos adaptativos son bastante frecuentes: se estima que aproximadamente un 20% de la población sufrirá uno en algún momento de sus vidas.
Una crisis personal es un acontecimiento o un proceso que provoca cambios importantes en la vida, que rompe el equilibrio habitual y que obliga a tomar decisiones o a adaptarse a una nueva realidad que en otras circunstancias quizás nunca se hubiera valorado. Por un lado están las crisis personales o vitales evolutivas, resultado de la propia evolución personal, en las que se abandona una etapa y se enfrenta otra. Por otro lado, están las crisis producidas por acontecimientos inesperados, como la pérdida de un ser querido, una separación, un despido, un traslado, una enfermedad o un embarazo no esperado.
Una crisis personal o vital transcurre a través de diferentes etapas, parecidas a las que atravesamos en el duelo ante una pérdida. En un primer momento se instaura la sorpresa por los acontecimientos y poco a poco comienza a sentirse un aumento de la tensión que puede provocar irritabilidad y una sensación de impotencia. Es habitual que después aparezca un mecanismo de negación, que en realidad ofrece el tiempo necesario para reestructurar los propios recursos psicológicos antes de poder hacer frente a la situación de lleno.
En un segundo momento comienza la aceptación racional de lo que ha sucedido, con sentimientos de desconcierto y miedo. Más tarde se produce la aceptación emocional, una etapa compleja en la que pueden aparecer rabia, nerviosismo, tristeza o incluso problemas psicosomáticos. Saber que este recorrido es esperable, y no una señal de que algo va mal en cómo se está afrontando, ayuda a no añadir culpa al malestar que ya existe.
Desde la terapia focalizada en la emoción entendemos que una crisis personal pone en jaque las certezas sobre las que la persona había construido su identidad y su forma de estar en el mundo. Cuando lo que daba sentido o seguridad desaparece o se transforma, las emociones que aparecen, miedo, tristeza, rabia, confusión, no son el problema: son la señal de que algo importante necesita ser reorganizado por dentro.
Dependiendo de cómo se afronten, las crisis personales o vitales pueden generar ansiedad y estrés, apatía, depresión y tristeza, problemas psicosomáticos, sensación de no haber salida, irritabilidad, aislamiento, sensación de conflicto interior y desorientación. No procesar estas emociones, o intentar saltárselas para «estar bien» cuanto antes, suele alargar y complicar la crisis en lugar de resolverla.
Sensación de pérdida de rumbo: no saber qué hacer a continuación, sentir que el plan que se tenía ya no sirve y que no hay uno nuevo todavía.
Cuestionamiento de la propia identidad: baja autoestima, cuestionamiento de las propias capacidades, valía personal o sentido de identidad, lo que puede generar un fuerte impacto emocional.
Inestabilidad emocional: cambios de humor frecuentes, irritabilidad, momentos de tristeza intensa que alternan con otros de mayor calma.
Síntomas físicos: insomnio, cansancio, tensión muscular, molestias digestivas que aparecen sin causa médica clara y que reflejan la carga emocional que se está sosteniendo.
Aislamiento: tendencia a alejarse de los demás justo en el momento en que más apoyo se necesitaría.
Resulta cruel pedir o exigir a quien ha vivido una desgracia, un cambio o una pérdida, que «tenga que estar bien» o que deba tranquilizarse cuanto antes. El malestar, el miedo y la desesperanza forman parte de la existencia, principalmente tras acontecimientos vitales relevantes, y hay que dejar que sigan su curso. Pero hay una diferencia entre dejar que el proceso siga su curso natural y quedarse atascado en él sin recursos para avanzar. Cuando ha pasado un tiempo prudencial y la sensación de bloqueo persiste, pedir ayuda no es una señal de debilidad: es la forma más eficaz de evitar que una crisis pasajera se convierta en algo más duradero.
En Tierra de Crecimiento Psicología acompañamos las crisis personales desde las emociones que el cambio ha activado, ayudando a la persona a transitarlas sin prisa pero sin quedarse atascada en ellas. La terapia se dirige a lograr que la persona acepte los acontecimientos, active sus recursos de afrontamiento y sus fortalezas, y reestructure su forma de estar en el mundo para hacer frente a las nuevas demandas de una manera más eficaz.
Trabajamos para dar espacio a las emociones intensas sin juicio ni prisa, para ordenar lo que se ha desordenado por dentro, y para identificar los recursos personales que la propia persona ya tiene, aunque en medio de la crisis no consiga verlos. No se trata de decirte lo que tienes que hacer ni de ofrecerte respuestas rápidas a algo complejo. Se trata de acompañarte mientras encuentras las tuyas.
En los casos en que la crisis personal ha derivado en un trastorno adaptativo, una depresión o una ansiedad de mayor intensidad, el proceso terapéutico puede complementarse con una valoración médica que contemple el apoyo con psicofármacos, siempre como herramienta adicional al trabajo emocional.
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