Tierra de Crecimiento Psicología
No siempre es fácil ponerle nombre. A veces es una opresión en el pecho que aparece sin avisar. Otras veces es esa sensación de que algo malo va a pasar, aunque no sepas qué ni por qué. O simplemente un peso en el cuerpo y en la mente que no se va, que está ahí al despertar y que te acompaña durante el día sin que puedas identificar de dónde viene. Eso es la angustia. Y es una de las formas de malestar emocional más agotadoras que existen precisamente porque muchas veces no tiene un nombre claro ni una causa concreta.
La angustia no es lo mismo que el miedo, aunque se le parece. El miedo tiene un objeto: sabes a qué le tienes miedo. La angustia es más difusa, más flotante, más difícil de atrapar. Es una alarma que suena sin que haya ningún peligro identificable, o una que suena con una intensidad completamente desproporcionada a lo que está ocurriendo. Y esa falta de objeto concreto la hace especialmente difícil de manejar.
La angustia es una respuesta emocional intensa de malestar, tensión y sensación de amenaza que no siempre tiene un desencadenante claro. Puede aparecer de forma puntual, en lo que se conoce como crisis de angustia, con síntomas físicos muy intensos que en algunos casos llevan a la persona a creer que está teniendo un problema cardíaco o que se va a desmayar. O puede instalarse de forma más crónica, como un estado de fondo que tiñe el día a día con una sensación persistente de que algo no va bien.
Desde la terapia focalizada en la emoción entendemos la angustia como una señal. No es el problema en sí misma: es la forma en que el sistema emocional avisa de que hay algo que necesita atención, algo que no ha sido procesado, una necesidad que no está siendo cubierta, una tensión acumulada que no ha encontrado otro canal de salida.
La angustia casi nunca aparece de la nada. Aunque no tenga un objeto claro, siempre tiene raíces. Las más frecuentes son la incertidumbre sostenida ante situaciones que no se pueden controlar, el miedo al abandono o al rechazo que viene de lejos y se activa ante ciertas situaciones relacionales, la acumulación de tensión emocional que no ha tenido espacio para expresarse, o conflictos internos no resueltos entre lo que se siente y lo que se cree que se debería sentir.
En muchos casos la angustia es la voz de emociones que no han podido ser nombradas ni procesadas: una tristeza que no se ha permitido, una rabia que se ha guardado durante años, un miedo que nunca se ha podido mirar de frente. Cuando las emociones no tienen otro canal, aparecen en el cuerpo y en esa sensación difusa de que algo no está bien.
Físicamente: opresión o tensión en el pecho, sensación de ahogo, palpitaciones, nudo en el estómago, tensión muscular generalizada, mareo, sensación de irrealidad o de estar fuera del propio cuerpo.
Emocionalmente: sensación de amenaza inminente sin causa identificable, inquietud que no cesa, dificultad para relajarse aunque no haya motivos aparentes de preocupación, irritabilidad, sensación de estar al límite.
Cognitivamente: dificultad para concentrarse, pensamientos acelerados o en bucle, anticipación constante de lo peor, dificultad para tomar decisiones por miedo a equivocarse.
En el comportamiento: evitación de situaciones que podrían activar la angustia, búsqueda constante de tranquilidad o de señales de que todo va bien, dificultad para estar presente en el momento sin que la mente se vaya a lo que puede salir mal.
Las crisis de angustia son episodios de malestar muy intenso y repentino en los que los síntomas físicos alcanzan su punto máximo en pocos minutos: palpitaciones fuertes, sensación de ahogo, mareo, hormigueo, sudoración, y con frecuencia un miedo intenso a morirse, a volverse loco o a perder el control. Son experiencias muy aterradoras aunque no sean peligrosas físicamente. Y el miedo a que vuelvan puede llegar a ser tan limitante como la propia crisis.
Una crisis de angustia no es una señal de que algo grave está fallando en el cuerpo. Es una señal de que el sistema emocional ha llegado a un punto de saturación que necesita atención.
En Tierra de Crecimiento Psicología trabajamos la angustia desde las emociones que la sostienen, no solo desde los síntomas. Esto significa que no nos limitamos a enseñar técnicas para calmar la angustia cuando aparece, aunque también trabajamos eso. Lo que hacemos es acompañarte a entender qué hay debajo de esa señal de alarma: qué emociones no han encontrado otro canal, qué necesidades no están siendo atendidas, qué tensión acumulada está buscando una salida.
Cuando la persona aprende a escuchar lo que la angustia está intentando decirle y desarrolla la capacidad de estar con esas emociones sin necesidad de huir de ellas, la angustia pierde su carácter de amenaza y puede transformarse en información útil en lugar de en un estado que paraliza.
En los casos en que la angustia es muy intensa, recurrente o ha generado un nivel de limitación importante en la vida cotidiana, el proceso terapéutico puede complementarse con una valoración médica que contemple el apoyo con psicofármacos, siempre como herramienta adicional al trabajo emocional.
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