Tierra de Crecimiento Psicología
No comer para poder beber más sin engordar. Restringir la comida durante días antes de una noche de alcohol. Compensar lo bebido con vómitos, laxantes o ejercicio compulsivo. La alcohorexia, también llamada ebriorexia o drunkorexia, es la combinación de un trastorno alimentario con el abuso de alcohol, y es uno de los problemas más silenciados y menos reconocidos que existen, precisamente porque encaja muy bien dentro de conductas que socialmente pasan desapercibidas o incluso se normalizan.
No es un diagnóstico oficial todavía, pero es un patrón real que afecta a muchas personas, especialmente jóvenes, y que tiene consecuencias muy serias sobre la salud física, la salud mental y la relación con el propio cuerpo. El hecho de que no tenga un nombre en los manuales no significa que no merezca atención. Significa que todavía hay mucho por visibilizar.
La alcohorexia se caracteriza por una lógica muy concreta y muy dañina: si el alcohol tiene muchas calorías, la solución es no comer para poder beber sin ganar peso. La persona restringe la ingesta de alimentos, a veces durante horas, a veces durante días enteros, antes de un episodio de consumo de alcohol. Y en algunos casos, después de beber, recurre a conductas compensatorias como el vómito, el uso de laxantes o el ejercicio desmesurado.
El resultado es un cuerpo que recibe alcohol sin el amortiguador de la comida, lo que hace que la absorción sea mucho más rápida e intensa, aumentando el riesgo de intoxicación, pérdida de control y daño orgánico. A esto se suma la desnutrición progresiva, con todo lo que eso implica para el funcionamiento cognitivo, el estado de ánimo y la salud en general. Es, en ese sentido, una combinación especialmente peligrosa.
La alcohorexia afecta de forma desproporcionada a mujeres jóvenes de entre 18 y 30 años, aunque no es exclusiva de ese perfil. Se da con más frecuencia en contextos universitarios y de vida social intensa, donde el alcohol forma parte del tejido de las relaciones y donde la presión sobre la imagen corporal es muy alta.
La lógica detrás es la de intentar resolver dos presiones contradictorias al mismo tiempo: la presión social de beber para encajar, divertirse y relacionarse, y la presión sobre el cuerpo de no engordar y cumplir con un ideal de imagen muy exigente. Cuando ambas presiones son muy intensas y no hay otras herramientas para gestionarlas, la alcohorexia ofrece una solución aparente que en realidad no resuelve ninguna de las dos y daña profundamente las dos.
Más allá de la lógica calórica, la alcohorexia casi siempre tiene raíces emocionales más profundas. El alcohol en estos casos cumple frecuentemente una función de alivio de la ansiedad social, de desinhibición en contextos donde la persona se siente insegura o no encaja, o de regulación emocional ante un malestar que no sabe gestionarse de otra manera. Y la restricción alimentaria cumple la función de control: sobre el cuerpo, sobre la imagen, sobre algo en una vida que quizás se siente fuera de control en otros aspectos.
La distorsión de la imagen corporal es frecuente: la persona no se ve como realmente es, percibe su cuerpo como más grande de lo que está, y eso alimenta tanto la restricción como la necesidad de compensar. El cuerpo se convierte en el lugar donde se libran batallas emocionales que no tienen otro espacio donde expresarse.
Ayunos prolongados antes de salidas nocturnas o eventos sociales donde se va a beber, con la justificación de «compensar las calorías del alcohol».
Episodios de consumo intenso de alcohol, a menudo en poco tiempo y sin haber comido, que llevan a estados de intoxicación más rápidos e intensos de lo esperado.
Conductas compensatorias después de beber: vómitos, ejercicio excesivo o uso de laxantes para eliminar las calorías ingeridas con el alcohol.
Preocupación excesiva y constante por el peso y las calorías, que afecta a las decisiones alimentarias de forma muy rígida y genera una relación muy tensa y conflictiva con la comida.
Normalización del patrón: la persona no lo ve como un problema porque encaja con conductas que su entorno también realiza o porque la lógica interna le parece coherente.
La alcohorexia es especialmente difícil de detectar porque ninguna de las dos partes del patrón llama la atención por separado. Beber en contextos sociales es normal. Cuidar lo que se come también. La combinación dañina pasa desapercibida, incluso para la propia persona, que raramente se identifica con un trastorno alimentario ni con un problema de alcohol. El reconocimiento llega tarde, si llega, y generalmente cuando el cuerpo ya ha dado señales muy claras de que algo no va bien.
En Tierra de Crecimiento Psicología abordamos la alcohorexia desde sus dos dimensiones a la vez: la relación con el alcohol y la relación con la comida y el cuerpo. No es posible trabajar una sin atender la otra, porque ambas responden a las mismas necesidades emocionales no atendidas.
Trabajamos para entender qué presiones, qué miedos y qué emociones están sosteniendo el patrón: la inseguridad, la necesidad de pertenencia, la relación con la imagen corporal, la dificultad para gestionar la ansiedad social. Y acompañamos a la persona a construir una relación más libre y más compasiva con su cuerpo, con la comida y con el alcohol, sin que ninguno de los tres ocupe un espacio que no le corresponde.
En la alcohorexia el acompañamiento médico y nutricional es frecuentemente necesario dada la desnutrición que puede haberse instalado. En Tierra de Crecimiento coordinamos con otros profesionales cuando el caso lo requiere, con el trabajo emocional como eje central del proceso.
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